Mujeres de la vida (I)

Historias de Algeciras

La miseria empujó a María la Ditera a vender su cuerpo y con el tiempo pasaría a negociar con los de otras mujeres

Acabó por convertirse en una prestamista conocida en Algeciras

Soldados en Algeciras antes de embarcar a Melilla.
Soldados en Algeciras antes de embarcar a Melilla.
Manuel Tapia Ledesma

28 de junio 2020 - 04:05

Algeciras/Como todas las mañanas, al salir cerraba la puerta y su pasado. Vivía en la futura calle Emilia de Gamir, aún Las Huertas. Y con los cuartos bien guardados en el refajo y sujetador, dirigía sus pasos en dirección a la plaza de Abastos. Persona callada, María -que así era su nombre- era vecina de Francisco Guerrero, hombre de posibles y propietario que vivía junto a su esposa e hijas. También compartía vecindad con el alguacil José Cabrera, hombre discreto que por su oficio conocía el de ella; pero como él decía: “¡Mientras nadie moleste hay que dejar vivir!”. O el también vecino Bartolomé, carpintero de profesión, quién lápiz en la oreja, era tan noble como la materia prima que trabajaba.

Muy pocos sabían su verdadero nombre, aunque todos la conocían por La Ditera. María La Ditera, era una mujer de mediana edad que había llegado a nuestra ciudad huyendo, como tantas otras, de la miseria y el hambre que reinaba en la España de aquellos últimos años del siglo XIX. El contrabando o jarampa, unido a la concentración de tropas en Algeciras, le había otorgado a nuestra ciudad una equivocada etiqueta de tierra de provisión a la que dirigieron sus pasos no pocas personas desesperadas.

En cuanto a las mujeres emigradas, en Algeciras no había tantas casas donde servir, ni tantas escaleras que limpiar, ni tanto niño al que amamantar por alquiler como para dar trabajo a tantas y tantas desgraciadas que llegaban hasta nuestra ciudad buscando un trozo de pan. La jarampa también les ofrecía un hueco, pero mucho más limitado que para los hombres. La entrada en los vapores cargadas de ilícitos, su constante presencia en los barcos que navegaban por la bahía, y su permanente y triste imagen formando fila en el control de desembarco, sito en el muelle de madera, era su diaria forma de ganarse la vida. Pero hasta esta actividad se encontraba saturada de mujeres dispuestas a introducir en refajos, forros, y demás huecos que pudiera ofrecerles la ropa, los apreciados artículos de fácil adquisición en la vecina colonia.

Aquella pobre y solitaria mujer tras llegar a nuestra ciudad, había pasado por todo aquello. También, como tantas otras, había limpiado, planchado e introducido bajo sus ropajes toda la mercancía posible y pasable por el control aduanero algecireño, donde debía de modo y forma solapada, dejar el obligado “regalo” que evitara su registro y consiguiente pérdida de lo portado además del sentir sobre su cuerpo las yemas de los dedos del lujurioso funcionario de turno, que buscaba “otras formas” que nada tenían que ver con las del cartón de tabaco o el paquete de café. Todo aquello lo soportó hasta lo indecible la pobre María La Ditera. Hasta que un día, harta de sentirse mal pagada, explotada y manipulada por unos y otros, y sobre todo olvidada por el Dios que le habían enseñado -catecismo en mano- las señoritas de su parroquia, decidió plantarle cara al destino y tras lanzar sus escrúpulos y principios al río de la Miel, acertadamente o no, decidió dirigir su vida y controlar su existencia.

La Ditera, como todo el mundo la conocía, había dejado su pasado en el olvido. Al comienzo de “su carrera” y de vez en cuando, la melancolía asomaba por el inmundo cuarto que ocupaba en aquel céntrico patio algecireño. Lugarejo donde niños hambrientos, madres jóvenes con caras de viejas y hombres enfermos, conformaban su más cercana familia. Todo ello bajo el apestoso olor que exhalaban aquellas letrinas que el administrador nunca mandaba limpiar. El circunspecto inspector municipal de turno, para limpiar la conciencia higiénica del Ayuntamiento en vez de la del patio, denunciaba una y otra vez aquel pozo negro. Pero desde lejos, sin acercarse al foco del problema, dando por hecho, solo por el nauseabundo aroma, la inexistente higiene en aquel lugar. Por aquella época, aquella joven mujer pensaría al ver la actitud del casero y de la administración: “¡A quién puñetas le importamos!”.

El insalubre estado de aquellos olvidados patios le daba la razón: “Según visita girada por la comisión del Ayuntamiento, los patios que dan al Secano y en general todas las casas de las afueras se hallan faltas de escusados”. Otra denuncia recogía: “Muchos años hace que se ha venido solicitando la desaparición del inmundo escusado del patio del Silencio, pero á estas solicitudes las Comisiones del Ayuntamiento, los Alcaldes y dueños de las fincas daban la callada por respuesta como si los transeúntes y el numeroso vecindario careciesen de olfato. Claro es, que para los que están para cumplir la ley se resisten á acatarla debe haber un Alcalde enérgico que sin temor á nada sepa y quiera conseguir lo que es de justicia”. Mientras que para los munícipes todo seguía igual, para María todo cambió cuando empezó a ejercer “el oficio”. Sabía donde estaba el hambre y el dinero. El primero ya lo había visitado sobradamente; mientras que el segundo, sabía donde encontrarlo y solo había que ir a por él. Y ella, después de pasar tantas penalidades estaba dispuesta a ello. “Y ...¡¡Quién era el mundo para juzgarla!!”, se dijo.

Los principios no fueron fáciles. Sin caer en lo más bajo y soportar palizas de hombres sudorosos, sucios, pestilentes y borrachos, su juventud le permitía acudir donde imperaba el olor a buen tabaco de Gibraltar o al caro aftershave adquirido en la roca. Caballeros burgueses amigos de las cartas, cortijeros de media monta o tratantes de ganado que después de vender propiedades o reses durante la Feria Real, todos con las faltriqueras llenas, conformaban su clientela. Había otro escalón más alto, otro escenario; pero ella sabía cual era el suyo. Había otra posibilidad, como le dijo cierto apuesto oficial de verdes ojos (como la albahaca o verde limón), con el que llegó a ilusionarse y con el que estuvo hablando durante horas, mientras él esperaba el embarque para la guerra de África: “Vete”. Le dijo aquél -el único- que la hizo sentir diferente mientras se marchaba “dejándole un gusto a menta y canela”. Las reglas del juego eran muy simples: discreción y saber cual era tu sitio en aquella dura e hipócrita sociedad local.

Aunque lo intentó, María no consiguió el sueño de que un buen hombre “la retirara”. Entre las compañeras del “oficio”, se comentaba el caso de una de ellas, que tiempo atrás, había sido “la protegida” de un importante político local, y que una vez que aquella cayera enferma, el “enamorado”, dado su poder, le puso un guardia en la puerta de la fonda de la calle Ángel, donde ella vivía, haciéndose eco del caso la oposición política denunciando: “En aquella casa hay una enferma gravísima casi moribunda. La mujer se niega a ir al hospital alegando que otros médicos dictaminan que está sana, pero alguien está interesado en lo contrario. Esa mujer tiene un protector que le permite recibir asistencia en su habitación”. ¿Quién era aquella señora? ¿Quién pagaba los servicios médicos a la supuesta enferma? ¿Quién era su secreto protector? Hecho público el asunto, el guardia desapareció al día siguiente de la puerta de la pensión; y con él, la presencia de la tal señora sin que del tema se hablara más.

En cuanto a María, jamás volvió a enamorarse. Su corazón se lo llevó aquel oficial de Infantería de verdes ojos, que bajó un día del tren de los ingleses como un castigo del destino: la vida se lo mostró y la vida se lo quitó. Esa fue su historia de amor.

El embarcadero y la casilla de control del muelle algecireño.
El embarcadero y la casilla de control del muelle algecireño.

Transcurrieron los años y cuando el tiempo pasó recibo a su cuerpo, decidió pasar de “ejercer” a ofrecer los servicios de “otras”. Y dado los pequeños ahorrillos con los que contaba, comenzó a dar “dinero a ganancia” a un tanto por ciento asequible para sus modestos acreedores, pasando a ser conocida como La Ditera. No pocos empresarios de poca monta, dueños de populares ultramarinos, establecimientos de bebidas y algún que otro cafetín, habían recurrido a ella para salir de un apuro.

La Ditera disfrutaba viendo la vida. El ajetreo alrededor del mercado algecireño. Después, como cualquier ama de casa haría la compra; pero antes, gustaba sentarse y pedir un café en algunos de los establecimientos que rodeaban a aquel caos también ordenado. A María le gusaba especialmente el “Café del Moro”, propiedad que fue de José Liaño, hombre respetuoso donde los hubiera, que tras su fallecimiento, dejó el negocio a su viuda Juana García, valiente y emprendedora mujer que una vez que se vio sola y al frente de aquel local, cambió su dolor por los redaños necesarios para sacar adelante al popular establecimiento. Sus tres hijas: Elvira, María y Josefa, le dieron las fuerzas necesarias para proseguir la lucha.

María se tenía prohibido encariñarse con algunas de sus pupilas, porque sabía que más temprano que tarde, se iría, se marcharía.

Aquel día para María, era otro días más en la Algeciras que le había dado cobijo y pan. Sentada ante su café, miraba La Ditera la casilla de Grimaldi, al lado de la de Bernardo Aravena y más allá, la de Julián Serna. A todos conocía y por todos era apreciada: “Que cada uno en su casa y Dios en la de todos”. También algunos de aquellos propietarios de cajones o casillas, como popularmente eran llamados los puestos del mercado, habían acudido a ella para ser socorridos económicamente. Aquellos pobres vendedores estaban muy lejos de pedir un crédito a los catalanes Forgas (Sociedad Hijos de Francisco Forgas, sita en calle San Quintín) o al futuro alcalde Rafael de Muro Joarizty, cuyo domicilio estaba en el número 2 de la calle Real. Banqueros todos que suplieron con su actividad la falta de una necesaria gestión financiera local, hasta la llegada del Banco de España o posteriormente el Banco Español de Crédito. Las condiciones y exigencias del anglosajón Banco Anglo-Egipcio, sito en Gibraltar, estaban muy lejos de las posibilidades económicas de la Algeciras de aquella época.

Reflexionando sobre su “negocio”, aquella solitaria mujer pensaría que su “casa” no era más que un ir y venir de jóvenes mujeres: las menos, marchaban de regreso a sus casas cambiando con ello el hambre de domicilio; mientras que otras se casaban con el primer cagatinta (oficinista) o destripa-terrones (gañán) que se lo propusiera, como única salida a sus tristes vidas. Con los años, las exigencias en la elección de la pareja disminuía, conforme también bajaban los dones físicos con que la naturaleza había dotado a aquellas “mujeres de la vida”, como eran definidas en el mejor de los casos. María se tenía prohibido encariñarse con algunas de sus pupilas, porque sabía que más temprano que tarde, se iría, se marcharía. En cambio la soledad, su soledad, nunca se alejaría de su lado.

Mientras observaba junto a su soledad el mercado entre la multitud, pensaba en los inconvenientes de “su negocio”. Sí, había ganado mucho dinero pero también había “untado la mano” a más de uno que pretendía arruinarla. Si bien tuvo que aprender las reglas cuando iba por libre, no era menos cierto que también tuvo que aprender las reglas escritas cuando entró en el circuito de casas de lenocinio censadas por el Ayuntamiento de Algeciras. La más importante de aquellas normas: facilitar la revisión sanitaria periódica, para lo cual “sus niñas” acudían cuando se les exigía al llamado Dispensario Venéreo. al frente del mismo y desde su primera época, se encontraba el médico Cristóbal González. Y en el que se efectuaban revisiones periódicas del estado de salud de las meretrices. Los partes de reconocimientos, incluían un número de identificación al parecer por prostíbulo, dada la repetición de estos; pudiendo existir un registro que facilitara su control: “Estado que manifiesta el resultado del reconocimiento hecho en el día de la fecha á las mujeres públicas de ésta Ciudad: Nº 2, Olimpia T.G. Sana/ Nº 3, Juana L.M. Sana y Nº 4, Josefa O.G. Sana”.

Aquellas inspecciones periódicas, como le dijo una vez un remilgado militar, eran de vital importancia para los intereses estratégicos del Ejército: “Sepa Vd. señora, que la entrepierna en mal estado de una de sus niñas, puede causar más bajas al regimiento que el enemigo”. Mirando su café, María se sonreía al pensar: que el buen estado de la “alcancía” de sus pupilas, razón de Estado fuera.

(Continuará)

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