Gibraltar en la obra de Gustavo Bacarisas y Héctor Licudi (I)

Instituto de Estudios Campogibraltareños

Bacarisas y Licudi fueron dos creadores gibraltareños coetáneos que compartieron parte de su trayectoria vital

Cotejando 'Sevilla en fiestas' con 'Barbarita', se contempla un paralelismo en los tres personajes que dan sentido a sendas obras y un tratamiento del tema de la mujer

Delfines de la bahía de Algeciras, pautas de foto-identificación y tipología de lesiones (I)

Delfines de la bahía de Algeciras, pautas de foto-identificación y tipología de lesiones (y II)

Detalle de 'Sevilla en fiestas'.
Detalle de 'Sevilla en fiestas'.
José Juan Yborra Aznar E Iñaki Irijoa Lema

14 de agosto 2023 - 03:00

Desde el Kursaal Central de Sevilla de la calle Sierpes esquina a san Acasio y O'Donnell, un ya maduro Gustavo Bacarisas escribió a Joaquín Sorolla el día de Reyes de 1915 solicitándole su mediación para su participación en la Exposición Nacional de Bellas Artes que iba a tener lugar en Madrid meses después, ya que su condición de pintor gibraltareño podría dificultar su inscripción en la misma. Por aquel entonces, ya se había labrado un nombre en una ciudad donde comenzaba a bullir el germen de futuros proyectos artísticos de los que formó parte activa. Por esos mismos años, acudía al vecino café de la Perla Héctor Licudi, un joven periodista paisano de Bacarisas que, como él, poseía similares cuestiones de identidad y a quien recurrió en su interés por abrir nuevas vías en su trayectoria profesional. Con el tiempo, Licudi escribió Barbarita, una desdeñada y poco conocida novela donde incluyó la figura de su amigo pintor, con el que se sentía unido no solo por su misma ciudad de origen, sino por la actividad artística que desarrollaba, ya que acabó convirtiendo el color en materia de expresión estética utilizando la palabra.

Tres años antes de la misiva que Bacarisas dirigió a Sorolla, Héctor Licudi había publicado en El Anunciador de Gibraltar su primer texto periodístico, “Bombita se va” y a partir de entonces realizó una intensa labor como cronista en este rotativo, del que fue una de sus firmas más habituales. No se conformó con desempeñar este rol, ya que escribió numerosas colaboraciones en otras cabeceras de la Bahía. De 1915 data la que mantuvo con El Cronista de Algeciras, donde publicó su texto “El Tenorio grotesco”. A lo largo de los años siguientes trabajó junto a otros periodistas de la zona como Juan Pérez Arriete, José Román, Miguel Puyol Román, Manuel Pérez-Petinto, Claudio Baglietto, Miguel Bianchi, José Domingo de Mena, Enrique Gómez de la Mata o Solly Azagury. Junto a ellos colaboraron en paralelos proyectos editoriales pintores del entorno como José Cruz Herrera o Ramón Puyol, conformando un interesante grupo generacional de periodistas y pintores que utilizaron los diarios como vehículos de expresión artística.

Sin embargo, Héctor Licudi no se acomodó en su papel de periodista comarcal, sino que decidió abrirse camino en Sevilla, donde acabó coincidiendo con Eduardo Zamacois, un afamado escritor de novelas galantes que fue quien inoculó en el gibraltareño el virus de una literatura emparentada con una narrativa de masas heredera de la novela por entregas con un marcado componente amoroso, aunque Barbarita posea una inspiración local que debe mucho al costumbrismo de no pocas crónicas que el periodista había publicado con anterioridad en los rotativos y que acabó integrando en su ficción.

En la capital hispalense tuvo también contacto directo con su paisano Gustavo Bacarisas, ya por entonces reputado pintor que había llegado a la ciudad de la Giralda en 1913 después de un largo y cosmopolita proceso de formación que se inició en Roma y tuvo en París, Londres, Tánger y Buenos Aires sus hitos fundamentales. En la capital británica descubrió la obra de Turner, que acabó determinando su tratamiento de la luz y el color, que vienen definidos por el contexto que configura la visión de cada cuadro. Cuando llegó a Sevilla, pudo comprobar que los más destacados pintores locales: José Jiménez Aranda, Emilio Sánchez Perrier, José García Ramos, Virgilio Mattoni, José Villegas Cordero o Andrés Parladé seguían la decimonónica estela del maestro Eduardo Cano. Bacarisas supo integrarse en el entramado cultural hispalense y beber como pocos en el venero del costumbrismo posromántico aún imperante; fue responsable de iconos de la imaginería local como la cabalgata de Reyes o las pañoletas de las casetas de Feria; diseñó emblemáticos carteles de futuras exposiciones y azulejería inspirada en la más reputada tradición trianera; pero, además, fue capaz de llevar a la pintura sevillana un destacado componente de modernidad en el tratamiento de la luz, la atmósfera y el color presente desde sus estadios iniciales.

Héctor Licudi tuvo una formación mucho más autodidacta a partir de contadas lecturas de los grandes referentes de la literatura de masas en español heredera de la estética costumbrista decimonónica. A mediados de los años veinte escribió Barbarita, una novela galante que decidió ambientar en su ciudad natal y lo hizo desde una perspectiva marcadamente autobiográfica, lo que -además de graves consecuencias como la retirada del libro o su exilio de Gibraltar- le llevó a redactar páginas en las que narró experiencias reales, como sus encuentros en Sevilla con dos individuos decisivos para la evolución de Enrique Irbán, su alter ego: Eduardo Zamacois y Gustavo Bacarisas, a quienes apenas veló los apellidos, al igual que el topónimo de su ciudad natal, que se mostraron evidentes ante el lector:

“El sábado 18 de diciembre se organizó, en el Pasaje de Oriente, un banquete en honor al maestro. Y a fe que Gibramonte tuvo en él dos representantes, ya que también asistió, con Irbán, el famoso pintor Bonarisa, paisano de Enrique y residente en Sevilla. Irbán nunca olvidaría aquellos días en que convivió con el maravilloso artista”.

Dos visiones de Gibraltar

Dos años llevaba viviendo en la capital andaluza Gustavo Bacarisas cuando pintó Sevilla en fiestas, un cuadro que presentó a la Exposición Nacional de Bellas Artes en 1915 y se convirtió en referente de la pintura del gibraltareño, ya que lo tuvieron presente otros artistas de la zona como José Cruz Herrera o Héctor Licudi.

Desarrolla un tratamiento del color que convierte una escena festiva al uso en una visión mucho más moderna, donde una luz artificial, manipulada, plenamente artística, recae sobre los tres personajes femeninos que protagonizan el lienzo. El fondo apenas trasciende. Tras una sucesión de azules oscuros de inspiración local se atisban unos apuntes de elementos tópicos del costumbrismo andaluz: naranjos, fachadas regionalistas, contornos, rostros, perfiles o sombreros de ala ancha. El eje visual se dirige a las tres figuras femeninas y al macizo de geranios que las enmarca. Verdes, rojizos, anaranjados, rosas, malvas, negros y blancos azulados definen una escena de sensualidad medida, donde las telas, las sedas, los encajes, las mantillas y el crespón de los mantones sugieren texturas, sin necesidad de contornos. El pintor juega con colores complementarios en unos vestidos que sugieren un sutil erotismo potenciado por el movimiento apuntado con los tres zapatos que muestran el caminar de las jóvenes, los trazos apenas sugeridos de sus manos y el juego sutil de sus abanicos. Los rostros son blancos, iluminados por una luz cenital que resalta de forma galante el rojo carmín de los labios, la sombra púrpura de los ojos y el rosado de unas mejillas que hablan, sonríen o se dejan llevar por los recuerdos. Tres mujeres cuyas historias apenas quedan apuntadas, camino de una fiesta de la que forman parte incluso sin saberlo.

Con Barbarita, Héctor Licudi escribió la novela galante de Gibraltar. Utiliza el color en las descripciones de los personajes femeninos que intervienen en el relato; en las manos de las silandesas que se llenan de luz en los bazares de la calle Real: manos que adquieren color al introducirse en medias rosas, blancas y grises, de tono Champagne; medias de rojo fuego, de pasta de langosta; medias Raquel o medias claras. De la protagonista se destaca la blancura de su tez y la luz de sus ojos verdes bajo una cabeza de Medusa; ojos que, de tan verdes, se tornaban en azules; de sensuales pianistas se reseña el carmín, como la mancha lacre en sus labios; de Lily, sus ojos profundamente castaños o sus sombreritos blancos. Por la ficción aparecen mujeres dentro de trajes azul marino con cuello y puños rosas; amantes vestidas de blanco con pañuelos de seda salmón anudado al cuello bajo tocados rosas; transparentes trajes de seda blanca, amplias batas de azul de Francia contempladas bajo pantallas de verde pálido; tonos que llegan hasta trajes de torera de verde oscuro y oro; carnes blancas y rubias en la penumbra de lechos de nieve; mujeres blancas y erectas que calzan sus zapatos albos; rosas rojas de seda sobre blancos cuerpos; la roja brillantez de anhelantes labios. Al igual que en el cuadro de Bacarisas, Licudi recreó en su ficción a tres mujeres: Barbarita, Lily y Mercedes y otorgó, a cada una, rasgos de carácter atendiendo a constantes notas de color y al de sus cabellos: rubios, negros y castaños.

Casemates Square.
Casemates Square.

Este cuadro lo pintó Bacarisas por encargo para la decoración del Hotel Cecil de Gibraltar y formó parte de una serie de cinco de grandes dimensiones, ejecutados con la técnica del temple sobre lienzo. Presenta un evidente contraste entre los tonos amarillos de las casas y el gris de las edificaciones militares: el castillo, la muralla norte y las Casamatas. Estas parecen rodear la escena y envuelven la luz que se refleja en las viviendas populares de intramuros. La vegetación y el perfil del Peñón refuerzan una sensación de aislamiento, de fortaleza, con tonalidades oscuras de marrones y verdes, que permanecen en una penumbra que todo lo rodea. La luz aparece en posición central como reflejo, como punto de perspectiva cálido en las viviendas de una ciudad cercada por la grisura.

Héctor Licudi refleja en Barbarita una perspectiva de Gibraltar no muy diferente. Para él Gibramonte es una ciudad sin ambiente artístico, donde hay una mortal indiferencia por cualquier inquietud. Es un espacio sin apenas valores intelectuales, aburrido, monótono, cercado por grises murallas como las de Bacarisas, deprimente, de ambiente pueblerino, donde las apologías británicas seguían determinando conductas. Describe a la sociedad gibramontesa como muy conservadora desde el punto de vista moral, marcada por la envidia y con unos rasgos que intentan justificar la huida del protagonista.

En el cuadro de Bacarisas hay una conexión entre el color del espacio y los personajes: los militares escoceses en primer plano y la guarnición del fondo presentan unos tonos oscuros y fríos en su vestimenta; destacan por sus contornos definidos y detalles blancos. Los autóctonos se pintan con colores más cálidos en las telas de los vendedores y en la escena familiar de la derecha, donde la mujer gibraltareña porta un vestido rojo, un ramo de flores y un cuello amarillo. Aunque se parte de una visión costumbrista en el tratamiento de los personajes, se refleja el carácter cosmopolita de la población mediante la suma de escenas donde intervienen distintas clases sociales: la pareja de gitanos, los militares británicos, un vendedor de naranjas con un niño y la madre con su hijo. Son personajes que dan vida y movimiento a un espacio determinado por la luz.

Héctor Licudi escribió una novela basada en la estética costumbrista decimonónica. Describió una Gibramonte por cuyas calles paseaban grupos de gitanos procedentes de los pueblos vecinos, vendedores de lotería, ancianas que dan de comer a los gatos, jóvenes burgueses ociosos y militares, numerosos militares que pueblan vías, desfiles y cafés. Además, la inspiración realista de la ficción lo llevó a resaltar el carácter cosmopolita de la ciudad, con bazares donde se vendían productos exóticos, calles transitadas por mercaderes indios, periodistas holandeses, cruceristas estadounidenses, hastiados jóvenes del lugar y braceros del carbón; un espacio donde se pasaba en pocos metros de la catedral católica a la protestante; un ámbito que se definió como “el lugar más cosmopolita del mundo, sobre el cual, en todo tiempo, las cinco partes del globo habían abierto su mapa flotante”.

Artículo publicado en la revista Almoraima número 58. Revista de Estudios Campogibraltareños

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