Hesíodo, el poeta de los dioses

Mitos del fin de un mundo

En las faldas del monte Helicón escribió Hesíodo la 'Teogonía', la obra que dio forma a los mitemas clásicos

Se trata de un texto didáctico acerca del génesis y la genealogía de los dioses desde la perspectiva del nuevo estado griego

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Hesíodo, el poeta de los dioses.
Hesíodo, el poeta de los dioses. / Enrique Martínez
José Juan Yborra / Enrique Martínez

18 de abril 2024 - 02:00

Federico García Lorca, un poeta cuya raigambre clásica no suele ponerse mucho en valor, tenía como libro de cabecera la Teogonía de Hesíodo en una edición bilingüe traducida por Luis Segalá y dibujos de Juan Flaxman. Su lectura despertó una marcada afinidad por la cultura grecolatina. En su temprana obra Visión de Juventud resaltó con beneplácito que los héroes clásicos fueron quienes lo animaron a tener abiertos los corazones hacia el mar donde vivió Eros y de donde surgió Afrodita, ya que allí se encontraba el olvido que no se olvida nunca, pues en los dioses griegos se escondía el eterno licor de la vida.

Veinticinco años más tarde, en 1942, en su atenazante y solitario exilio en Glasgow, Luis Cernuda publicó Ocnos. Desde un húmedo desamparo británico, el escritor recordó con cierto despecho su infancia sevillana, cuando el catolicismo impregnaba cierros, zaguanes y compases. Hizo planear sobre su mente de niño retraído y solitario el presentimiento de una alegría ausente y cuestionó doblegar la cabeza y santiguarse ante el sufrimiento divinizado cuando en tiempos anteriores los hombres fueron tan felices como para adorar, en su plenitud trágica, la hermosura. Su fascinación por la mitología griega fue tal que llegó a considerar que en ella estuvo el motor que provocó y orientó cualquier aspiración que en él hubiera hacia la poesía.

La constante gravitación hacia sugerentes aristas de la fabulación clásica ha generado historias, leyendas y mitemas que tienen su origen en algunas teogonías que poseen mucho de títulos iniciáticos, como la Biblioteca Mitológica de Apolodoro, la Teogonía de Jerónimo y Helánico, el Papiro de Deverni o la Metamorfosis de Ovidio. Sin embargo, ninguna de ellas ha despertado tantas lecturas ni inspirado a tantos autores como la Teogonía de Hesíodo.

Escrita en el tránsito del siglo VIII al VII a.C., es consecuencia de un tiempo en que la talasocracia minoica cretense había dado paso al desarrollo de una oligarquía urbana en la Grecia continental, la cual tuvo en las polis uno de sus componentes geográficos y sociales más relevantes. Hesíodo era descendiente de un grupo de eolios que emigró a la ciudad de Cumas, lo que explica las influencias asiáticas y orientalizantes detectadas en su obra. Tras varios fracasos comerciales en el entorno de Esmirna, su padre se trasladó con su clan a Beocia y en Ascra pasó el escritor el resto de su vida, al cuidado de los ganados y las tierras familiares. Allí, en el triángulo formado por el monte Parnaso, el lago Copaide y el golfo de Corinto, a la sombra del monte Helicón, inició su labor literaria.

La geografía helena está plagada de lugares con transfiguraciones míticas; tanto el Parnaso como el Helicón son elevaciones que han generado interpretaciones y lecturas de lo más librescas. La falda oriental de este último estaba consagrada a las Musas y en ella se encontraban dos fuentes: la de Aganipe, que inspiraba a quienes bebían de ella y la de Hipocrene, consecuencia legendaria de una coz de Pegaso, el caballo alado que convivía con las nueve musas que le daban nombre al valle y a todo el entorno. Hijas de Zeus y Mnemosine, eran unas ninfas de lo más inspiradoras, pues se manifestaban en forma de suaves susurros en los oídos de quienes las invocaban. En tan propicio lugar plagado de referencias míticas pastoreaba su ganado Hesíodo y allí escribió su Teogonía, la obra que dio forma a las deidades que provocaron su inspiración. Todo un ejemplo de interacción recíproca.

Hesíodo, el poeta de los dioses.
Hesíodo, el poeta de los dioses. / Enrique Martínez

Es un poema compuesto por unos mil hexámetros, una obra didáctica acerca del génesis y la genealogía de los dioses griegos. En él se narra el origen del cosmos y el nacimiento de los primeros seres humanos, por lo que posee un componente cosmogónico y otro antropogónico. Hesíodo describe a través de cuatro generaciones de dioses y sendos mitos sucesorios un complejo árbol genealógico cuyas ramas se entrecruzan, los brotes se descabezan, los troncos se retuercen y forman un complejo entramado con una finalidad de lo más decidida. Padres suspicaces, hijos resentidos, nietos vengativos, hombres y mujeres que son mucho más que hombres y mujeres simbolizan lo mejor y lo peor de unos seres humanos que se reconocen en ellos. A la sombra inspiradora del Helicón, Hesíodo nombra, define, organiza y cataloga a los símbolos que conforman la mitología helena. Cuenta de manera clara y didáctica el origen del Cosmos a partir del Caos, una entidad definida por un vacío preñado de latencias del que surgieron la tierra, el deseo y el inframundo, esto es: Gea, Eros y Tártaro. A continuación, narra la forma en la que el castrante Cronos derrotó a su padre Urano, lo que permitió el nacimiento de los Titanes y su conversión en gobernante supremo, lo que provocó el estallido de un conflicto entre antiguos y nuevos dioses por el control del Universo. En la renombrada Titanomaquia, Zeus, divinidad de tercera generación, se alzó victorioso con la ayuda de sus hermanos y de otras deidades resentidas con un antiguo régimen que tenía sus días contados.

Gea, Urano, Cronos, Rea, Hestia, Poseidón, Deméter, Hades, Afrodita, Titanes, Cíclopes o Hecatónquiros afloran en las páginas de Hesíodo con una poco disimulada finalidad. En el intrincado árbol genealógico de los mitos griegos, Zeus siempre se destaca como señor y dios supremo de su olimpo. En un mundo plagado de tormentos y amenazantes sombras, las fuerzas benéficas se encuentran siempre vertebradas a su alrededor y se convierte en adalid en la lucha por el orden, en la baza capaz de estructurar la teogonía griega. A partir de su figura se organizan las creencias; sus premios y castigos se corresponden con reconocimientos y sanciones de un mundo sistematizado y racional.

La intrincada urdimbre de la mitología griega fue fruto de un complejo proceso de aculturación que se remonta a las aportaciones pre-helénicas de la cultura minoica de Creta, donde la veneración a la madre tierra era una conjunción de dos elementos antitéticos: el de la fertilidad y el del inframundo. A partir del 1.600 a.C. los aqueos invadieron la Grecia continental e implantaron una mitología micénica que tuvo mucho de apropiación cultural de mitos indoeuropeos como Zeus y Hera y de otros orientales, como la cananea Astarté, la asiria Ishtar, la egipcia Isis o la sumeria Inanna, que dieron forma a la nueva Afrodita. Cuando Hesíodo escribió su Teogonía, el panteón heleno estaba configurado a partir de unas divinidades que el escritor beocio se encargó de certificar con los oportunos marchamos de calidad genealógica y moral, aunque algunos de ellos responden a intereses algo alejados de las cimas olímpicas.

Hesíodo, el poeta de los dioses.
Hesíodo, el poeta de los dioses. / Enrique Martínez

En la Teogonía no solo se pretendió explicar todo lo que escapaba al conocimiento humano, sino que supuso una muestra de la sociedad y del modo de entender el mundo de un pueblo que empezaba a sentirse parte integrante en el complejo sistema de relaciones del Mediterráneo oriental. Las nuevas polis se consideraban protagonistas de unos nuevos tiempos donde el crecimiento y la expansión se veían relacionados con un mar al que empezaron a perderle ancestrales pavores. El triunfo de Zeus que transmite Hesíodo puede entenderse como antesala de tiempos más racionales, como fin de una mítica, añorada pero primitiva Edad de Oro y también como el inicio de otros donde eran necesarias actitudes mucho más pragmáticas. A diferencia de Homero, Hesíodo escribió para informar, catalogar y sistematizar, no para entretener y quizás por eso su Teogonía se ha convertido en el texto fundacional de toda la cultura griega. En ella se rinde culto al esfuerzo y al trabajo y aparece de forma inicial la mujer, aunque dotada de una lectura negativa. Pandora, la primera mortal, fue creada por Hefesto a instancias del todopoderoso Zeus como parte de un castigo divino una vez que el rebelde e inquieto Prometeo decidió dotar a la humanidad del don de poder prender el fuego. Se trata de una figura con indisimuladas conexiones con mitologías posteriores, como el Génesis. También abundan numerosos paralelismos con teogonías babilónicas como el Enuma Elish o fenicias como las escritas por Filón de Biblos. Con ellas tiene en común el surgimiento del mundo a partir de una masa indeterminada, la sucesión de generaciones de divinidades, los conflictos que se establecen entre ellas o la lucha del dios vencedor contra otra deidad de naturaleza generalmente acuática.

Con la Teogonía, Hesíodo realizó un interesado ejercicio de aculturación: se sirvió de mitos orientales impregnados del prestigio de civilizaciones fenicias, mesopotámicas y hasta sumerias y de un sustrato indoeuropeo donde pretendió asentar las bases culturales de la nueva Grecia; sin embargo, bien diferente es el tratamiento que se da en la obra a los mitos occidentales. Los procedentes del extremo donde se erigían las estelas que cerraban por poniente el mar que comenzaba a ser surcado por estas fechas se caracterizan por un tratamiento bastante menos benévolo. Los lejanos territorios del Estrecho de Gibraltar se pueblan con Hesíodo de geriones, ortros, cerberos, calírroes, medusas, eritiones y crisaores: gigantes, feroces guardianes, seres desmesurados y monstruosos habitantes de un mundo extremo hasta donde tuvo que llegar la labor civilizadora de Grecia, para lo que la mitología fue utilizada con intención. Hasta el dios occidental por antonomasia, Poseidón, pasó por el tamiz de una reinterpretación helena que lo hizo suyo con la eficacia de la más racional de las planificaciones.

Hesíodo, poietés de divinidades, fue hacedor de caracteres, sistematizador de genealogías y manipulador de deidades. Con la Teogonía escribió una guía, manual y breviario de los orígenes, mientras clasificó a sus actantes por orden de intervención. También Hesíodo, poeta de los dioses griegos, descubrió a Luis Cernuda una poesía rebosante de plenitud clásica y codiciada hermosura en los solitarios crepúsculos de Glasgow.

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