Manuel S. Ledesma

El derecho de copiar

AD HOC

27 de enero 2010 - 09:15

El curso era tercero de bachillerato y la asignatura Matemáticas. Realizábamos el examen mensual que consistía en la demostración razonada de teoremas de geometría. Entonces las matemáticas no se me daban mal y a mitad del examen ya había plasmado en el papel, sin especial esfuerzo, las formulaciones que tantos dolores de cabeza les dieron a Pitágoras, Tales y Euclides. Al pasar por mi lado, D. Francisco Espada –el profesor– miró mi ejercicio y se sorprendió de que ya lo tuviese prácticamente acabado. Efectuando una deducción indigna de los sabios objeto del examen, el profesor pensó que era imposible que lo hubiese hecho tan rápido y, por tanto, concluyó, erróneamente, que yo había practicado la innoble técnica del cambiazo. Me quitó los folios y en un acto de atroz injusticia me obligó a hacer en los diez minutos restantes la prueba para la que los demás alumnos tuvieron una hora. A pesar de tener sólo doce años asumí la faena que me hizo alguien con tanta autoridad como pocas luces y aprendí la lección: nunca más terminé los exámenes antes de tiempo.

Sin embargo, más allá de la arbitrariedad de un profesor caprichoso (una de las pocas ovejas negras del magnífico cuadro docente que tenía, en aquellos tiempos, el instituto de Algeciras), la anécdota es un reflejo de los parámetros que, entonces, regían la educación pública: autoridad, disciplina y exigencia. La consecuencia colateral de una enseñanza tan estricta y rigurosa era la excelente preparación de quienes la culminaban. Al contrario que ahora, los títulos de la escuela pública eran más valorados que los de la mayoría de las privadas donde no era infrecuente que fuesen a parar todos aquellos que, teniendo sus padres posibles, no eran capaces de alcanzar el nivel exigido en la educación estatal. De hecho el sistema educativo público era el medio que teníamos los pobres para ascender en la escala social y gracias a él, fuimos muchos los jóvenes que, con dedicación y esfuerzo, pudimos llegar a profesiones para las que en principio no estábamos destinados.

Ahora, en cambio, la enseñanza pública en lugar de garantizar la igualdad de oportunidades, lo único que asegura es la igualdad de resultados, es decir, que ninguno de los niños que pase por ella aprenda nada. En aras de una escuela democrática e integradora, se han abolido el esfuerzo, la autoridad y la disciplina y se abomina de la excelencia. No importa aprobar o suspender y, en este contexto, copiar en los exámenes no debe ser objeto de medidas represivas como la retirada del ejercicio y el consiguiente cate. Una comisión mixta (alumnos y profesores) evaluará el caso y probablemente decidirá que el “angelito” que utiliza chuletas no es un tramposo sino alguien necesitado de apoyo psicológico. La presunción de inocencia que yo no tuve, se aplica ahora incluso a los copistas profesionales y el precio de tan ridícula indulgencia académica lo veremos en el futuro cuando el país dependa de generaciones enteras de analfabetos funcionales.

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