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La Bruja Mala del Oeste del Mago de Oz, muerta al recibir un cubazo de agua de la encantadora Dorothy, es a su vez la reinventada protagonista de Wicked, el libro y posterior musical, inspirado en aquel clásico, seguro que lo saben. De piel verde y colmillos vampíricos, Elphaba es siempre temida, vilipendiada y odiada, sin duda por su incuestionada maldad.
Parece que no importan ni se perciben sus acciones, que persiguen hacer el bien, principalmente luchando por el respeto a la vida animal. Su timidez, apariencia, así como la actitud prejuiciosa de sus adláteres, hacen que se le vea como un icono del mal, cuando más bien debiera ser al contrario.
Ese estigma también afecta a nuestro país en cuanto a su relación con los gibraltareños. A pesar de sus esfuerzos por facilitar la vida en la frontera, incumpliendo flagrantemente el Tratado de Schengen con ello, y promover la cooperación, los llanitos siguen viendo a nuestro país como la bruja mala de su historia.
No parece importarle que fue el Reino Unido el que decidió arrastrar a Gibraltar fuera del escenario europeo, haciendo que peligre de manera vital el way of life gibraltareño. Tampoco que si años después se sostiene tal ventajosa situación de aprovechar lo mejor de las dos jurisdicciones no será por las decisiones de Downing Street, sino por las tomadas en Moncloa.
España, como Elphaba, en una noble posición extendió su mano para, llegado el acuerdo, facilitar la vida en la frontera, integrar a la colonia en Schengen y levantar todas las barreras. Así, la historia puso a España en la mejor posición estratégica de los últimos 300 años para reclamar la reintegración o al menos la cosoberanía de Gibraltar, pero optamos por la generosidad nacida de nuestro histórico quijotismo, que prefiere perder en lo material pero priorizando salvaguardar exageradamente nuestra caballerosidad. Quizá todo ello regado con un buen Oporto ofrecido por los lobbies gibralatareños, no se.
Incluso apuesto e intuyo que nuestra generosidad no acaba ahí, y que alguna sorpresa nos espera con alguna medida de más calado en beneficio de los llanitos, que ya antes fue ofrecida por el Ministro Morán y otros.
Pero, a pesar de ello, nadie confía en Elphaba y los gibraltareños, al igual que los ciudadanos de Oz, prefieren aferrarse a sus tradicionales desconfianzas hacia la bruja buena que intenta ayudarlos.
No sé si estas favorables intenciones por parte de España son solo motivo de pitorreo y menosprecio por parte de los llanitos, convencidos de su superioridad al cobijo del primo de Zumosol británico. Siempre manejan a situación a su antojo y conveniencia y con el Brexit no ha sido menos. Probablemente sí, a la vista de la historia.
Pero que olviden una cosa, que los británicos los expulsaron de la Unión Europea como en la Segunda Guerra Mundial los echaron de su propia tierra. Y que España, en cambio, les ha abierto sus puertas y su permanencia en Schengen y ha fomentado hasta la extenuación la cooperación y el entendimiento.
El tiempo dirá si esta actitud de buena voluntad prevalecerá y si valdrá para el acercamiento. Pero lo que está claro es que, al igual que Elphaba, España merece una oportunidad para demostrar que su verdadera intención es la de construir puentes y no muros, y que la reconciliación ha de vencer los prejuicios. Más que nada por su interés, incluso.
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