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El ex Defensor del Pueblo Andaluz José Chamizo de la Rubia toma la palabra en este artículo tras comparecer como detenido ante la Policía y un juzgado por una agresión sexual que él atribuye a una "denuncia falsa"

Dos personas rescatadas en Tarifa
Dos personas rescatadas en Tarifa / Erasmo Fenoy

Los últimos acontecimientos desdichados que han sucedido en mi vida han servido para reconocer cuántas personas me quieren o me respetan. También para ver, en un número minoritario, otras que extienden sospechas desagradables sobre mi comportamiento.

Es importante quedarme solo con las primeras porque son más afines a mi conciencia, a lo que vengo trabajando, a veces en soledad, en un sector de la población inmigrante que está fuera de casi todos los circuitos de ayuda.

Son jóvenes que habitan en los márgenes no solo de la sociedad, también de la existencia. Tienen sus propios códigos de comportamiento y sus formas de buscarse la vida al margen de cualquier legalidad vigente. Palabras que desconocen y comportamientos que ignoran sean perniciosos para ellos y para los demás. Es un vacío de ética que está supeditado a la supervivencia, o mejor, la ética es sobrevivir en esta sociedad “exclusógena”.

No todos los jóvenes migrantes son así. La gran mayoría luchan como pueden por regularizar su situación, aprenden español, hacen cursos, se forman, buscan un trabajo y una habitación para no tener que estar habitando derribos o espacios públicos cada más acotados para los sintecho. También trabajo con estos perfiles. Aunque mi fe comprometida con la causa de Jesús de Nazaret me hace profundizar en los sectores más olvidados de la acción social. No me importa lo que me ocurra si he conseguido que algunos de ellos mejoren sus vidas: adictos, prostituidos, ladrones, enfermos mentales o personas perdidas en este universo deshumanizado que son las ciudades.

A ninguno quiero hacerles daño, pese a las amenazas de gentes sin escrúpulos que solo piensan en su sueldo a fin de mes y hacen un mal servicio a personas que están dando sus vidas como voluntarios y voluntarias en las asociaciones.

Hay que revisar a fondo el movimiento asociativo. Ha llegado la hora de dejar claro qué somos y qué no somos. Es el momento del sentido común y no solo de las reivindicaciones laborales, a veces justas y a veces injustas o fuera de lugar. Las asociaciones no somos la administración, aunque colaboremos con ella. Somos agentes de humanización que tienen en el centro de sus vidas a los más pobres.

Gracias de nuevo.

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