
Al microscopio
Ana Villaescusa
Una molécula para este siglo
No mire usted la prensa. Nótese que he dicho “mire” y no “lea”. Está más que estudiado, pero lo corroboro: cuanto más miro las redes, las webs, los foros, veo la televisión y esas tertulias con música de fondo de película bélica más me angustio y me parece estar al borde del colapso. Después paro un rato, miro los animales, las plantas, la tierra y el cielo y todo parece seguir igual, con su sabia indiferencia.
Estamos sobreinformados y eso nos genera ansiedad. ¿A quién le importa la nueva gilipollez que se le ocurra excretar al gran cochino blanco? Seré cruel, pero un ciclón en la bahía de Geelvink me puede parecer sobrecogedor y cuando lo veo vivo con ello y experimento un dolor empático, pero al cabo de un cuarto de hora me importa nada o menos. Se me ha olvidado. Eso que me generó la angustia ha desaparecido de mi horizonte porque nunca estuvo en él.
Saber lo que pasa en el mundo es tan mentira como la Historia. En nuestro mundo de preguerra la gente sigue riendo, comiendo, queriendo, caminando y respirando. El mundo no es lo que se narra sino lo que ocurre, y lo que ocurre está a nuestro alrededor, cada uno el suyo. Claro que nos afecta cualquier cosa que pase, pero si observamos con atención nada es para tanto; hecha la salvedad de ser víctima de las violencias variadas.
Pasa con la información (en realidad ya con la prensa misma) como con la lectura. Coger un periódico y leer despacio, por secciones, saltando lo que no nos interese en ese instante pone en nuestras manos la decisión de pensar sobre la realidad reseñada. Cuando la sucesión de imágenes, hechos y opiniones es constante, inabarcable, sin fin, entonces la mente colapsa abrumada por algo que no es capaz de concebir, de digerir, de procesar y la sensación de desprotección y de vulnerabilidad se acrecienta hasta dañar.
Oigo a alguien que dice que en un tiempo los móviles y otros dispositivos llevarán una advertencia, como el tabaco ahora, sobre las consecuencias en la salud mental que conlleva su uso; la paranoia y pérdida de la noción de la realidad, la obsesión y la deformación de la realidad mental que suponen tienen su analogía en la pseudoinformación con la que una mayoría empieza a creer que tiene los datos de lo que ocurre en el mundo, cuando esa aspiración universal de por sí es absurda. Hay que entender la vida (imposible), los hechos llegan porque ocurren y pensar que uno puede tener ningún tipo de control sobre ellos es locura.
Estamos entregando lo que somos a este aparatito. El sol, las nubes, el agua, la luna o un monte, un perro, una burra, un almendro, un hierba modesta y desconocida son más. El cuerpo es más con toda su fealdad y su mortalidad. Esa mierdecilla electrónica es un vampiro que sorbe el alma y el alma no es más que la materia actuando sobre la materia. No mire, lea.
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