Un mundo muy feo

30 de enero 2024 - 00:00

Dicen las personas más optimistas que vivimos en el mejor de los mundos posibles, sobre todo después de la segunda guerra mundial. Es una opinión interesante y ojalá fuera una realidad. Es cierto que algunos indicadores hablan de ciertas mejoras: sistema sanitario, pese a los peligros que le acechan; sistema de ayudas sociales, que son menos de las que pregonan los derrotistas de la igualdad; nuevas tecnologías, acercamiento entre ciudades y continentes en pocas horas y algunas cosas más en el territorio de la convivencia.

Sin embargo, las guerras continúan, el nazismo crece en Europa y las matanzas de inocentes son un acontecimiento diario al que miramos con indiferencia; el hambre en el mundo no desaparece, ni la desigualdad tampoco.

Habitamos un planeta feo en lo ético y no sé si en lo estético, pese a las bellezas que encontramos en muchas personas y en todas las artes de vez en cuando. Es cierto que la fealdad puede ser lo contrario a lo bello, o no. En un cuadro, como en otros aspectos de la vida, buscamos la calidad por encima de que nos guste más o menos. “La calidad existe en sí misma, lo bello y lo feo, para que algo sea bello tiene que ser feo…”, decía Jon Fosse.

Está en juego la calidad de la vida que compartimos y en esa dimensión las desigualdades nos hablan de una calidad que va descendiendo de la misma manera que los elementos envolventes del capitalismo ascienden. ¡Somos los nuevos esclavos! ¡Somos desgraciados que no renunciamos a la esperanza! Hasta esa virtud está siendo comercializada por los negociantes que gobiernan el mundo. “Vamos hacia un planeta mejor”, dicen para venderte cualquier producto contaminante; “las nuevas tecnologías crearan una sociedad más justa” ya lo estamos viendo; “el pasado no cuenta, hay aspectos de él que están falseados, el holocausto no fue para tanto, fue peor la revolución bolchevique”, añaden sin inmutarse lo más mínimo. El cinismo se ha elevado a categoría de pensamiento único: “en este país no hay sitio para todos, es mejor un inmigrante ahogado que vivo”, proclaman algunos y otros lo piensan. No se puede ser más cruel. Hay individuos que no han terminado de desarrollarse y sus cerebros son depósitos de serrín.

Pese a todo, ¿será verdad cuánto afirman los optimistas? Desde la duda razonable, es posible pensar en micro mundos que formemos a nuestro alrededor en los que se pueda vivir en paz con la razón y el corazón. ¿Es viable pensar en el despertar de las conciencias? ¿Es posible creer que algún día nos demos cuenta de que los problemas y sus soluciones están en nuestras manos y nos unamos para resolverlos? ¿Es posible creer en la revolución de una mayoría de humanos cansados de no serlos? Todo parece lejano, aunque posible.

Aquí seguimos, luchando, “tirando” de nuestras contradicciones.

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