Sombrerito de paja

31 de marzo 2025 - 03:05

Ya nos iba tocando tener un invierno lluvioso, aunque haya descargado casi todo en cuestión de un mes. Este tiempo, al igual que el prominente sol veraniego, no hace más que evidenciar lo poco preparadas que están las ciudades para estas condiciones.

Pongamos un ejemplo práctico y real. Una fresca mañana de marzo en Algeciras, cuando ya la lluvia empezaba a darnos algo de árnica. Iba a dar un paseo cuando empiezaron a caer chuzos de punta. Solo cuestión de cinco minutos, el típico chaparrón puntual. Apenas salió el sol de nuevo, me encaminé hacia el paseo marítimo sorteando charcos y corrientes por las calles. En cuanto llegué al entorno de lo que ahora es Lago Marítimo me llamó la atención cómo los bancos estaban empapados de agua por la ineficiencia de las pseudomarquesinas que los protegen. Estas estructuras, en vez de contar con un techo más tupido, solo tienen barras separadas entre ellas por varios centímetros que poco habrían podido hacer por protegerme si hubiese salido media hora antes o a cualquier persona que se encontrase en la zona.

No es algo puntual del invierno. Durante el verano, la sombra que proyectan las marquesinas es limitada en una zona que languidece de árboles salvo en el entorno recién renovado por el Ayuntamiento y que, en las proyecciones de la Autoridad Portuaria, solo incluye vegetación en los pasillos que conectarán los futuros edificios, pero nada en el paseo que frecuentan miles de personas cada día para pasear o correr.

Este es solo un ejemplo de la tendencia cada vez más habitual de convertir las ciudades en espacios anodinos carentes de toda sombra, natural o artificial. Frondosos árboles que daban vida y que desaparecen para dejar su lugar a otros más escuálidos o, incluso, al mero cemento.

Esta transformación está sucediendo delante de nuestros ojos, paso a paso y sin que nos terminemos de dar cuenta. Nos encontramos cada vez más en ciudades que apenas permiten vivir en invierno y verano si no es al resguardo de un parque, un pequeño soportal o, por supuesto, un centro comercial, haciéndolas cada vez menos habitables. Esta situación me recuerda a ese dicho que llevo toda la vida escuchando a mi madre y que seguro que ustedes conocerán: Sombrerito de paja, ni para el sol ni para el agua.

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